Menu:


Recibir novedades y convocatorias
Email:




Esfuerzo #1

.: Publicación intermitente de pensamiento refractario :.

  1. Intento de presentación
  2. Reseñas
    1. La pesadilla de Darwin
    2. El asesinato de Richard Nixon
    3. Por qué he robado. Y otros escritos, Alexander M. Jacob
    4. Cansadas de tanto neofeminismo y políticamente incorrectas
    5. Vamps y Tramps: más allá del feminismo, Camille Paglia
  3. De agujeros y batallas
  4. Aquí no hay término medio
  5. Somos los que esconden los secretos que os hacen temblar

 

[Descargar .pdf]

1. INTENTO DE PRESENTACIÓN

"La verdadera aventura revolucionaria no sólo tiene que ver con la sociedad exterior, con la lucha contra el poder visible, sino también con una componente interna, personal, en la que se reproduce la lógica que atraviesa toda la sociedad. Este es un frente de lucha principal que está fuera de nuestros planes, a pesar de que sufrimos constantemente sus consecuencias, causando más daño y más bajas entre nosotros que el enemigo exterior".

Estas páginas impresas responden a una necesidad objetiva y acuciante: la de que en la calle vuelvan a aparecer y circular materiales útiles para la difusión y el debate de teorías y prácticas revolucionarias. Con estos papeles manchados de tinta se quiere incitar la comunicación entre colectivos e individualidades que se enfrentan cotidianamente contra el orden existente, así como acercar las ideas y experiencias de luchas autónomas y anticapitalistas a todos aquellos que busquen saber de ellas. Desde luego, aquí no se buscan interpretaciones absolutas ni recetas mágicas, por la vida misma ya sabemos que no existen, y de hecho es mejor que así sea. Los objetivos primeros son mucho más humildes: se trata de hablar de lo que se conoce (o en todo caso, tratar de acercarse honestamente a lo que se busca conocer), de promover los aciertos y hacer autocrítica de errores y miserias. Es la única manera que conocemos de avanzar.

En definitiva, lo que se quiere es pensar. De primeras tal declaración de intenciones pudiera parecer una estupidez. Una meta que por pequeña, careciera de sentido. Pero sinceramente, echando un vistazo a cómo están las cosas, tratar de articular un pensamiento entre tanta pena, cemento y derrotas, es un reto que nada tiene de sencillo. Aún más, es esencial, pues nos va la existencia en ello. La verdad es que el título de la publicación podría haber sido más corto, bastaba con llamarla Esfuerzo [Publicación intermitente de pensamiento], pero se le ha añadido lo de refractario, que queda bien y evita ambigüedades. Hacer el intento de pensar en mitad de un mundo que está a medio camino entre un centro comercial y un vertedero sin fin, ya es de por sí una actividad refractaria, un gesto de rechazo radical a lo existente.

Pensar a solas y sin destinatario es propio de filósofos, aspirantes a sabios y especialistas escindidos de la realidad. Pensar tiene que ser una tarea colectiva, un pensamiento es una tirada de dados que se arroja fuera de ti, para que a partir de ahí tenga vida propia y no conozca la palabra dueño. Y se ataque, se acaricie, se moldee, se queme, se plagie, se enriquezca... convirtiéndose finalmente en un arma. En un mundo en guerra como es este, hay que buscar armas con todos los medios a nuestro alcance. El pensar que se dispensa en las universidades, en los medios de comunicación o en las publicaciones de la izquierda, no es digno de tener tal nombre. Son solo consignas a medio masticar, ideas fabricadas siempre por otros que tienen como objetivo incrustarse en los cerebros de sus receptores, negando la más crucial de las esencias del ser humano: la autonomía. Querer construir algo de manera colectiva evidencia una tendencia subversiva, querer romper el aislamiento al que nos han condenado es condición necesaria para forjar la subversión.

El primer paso dado para tratar de combatir ese aislamiento es volver al papel impreso. Las razones merecerían un texto específico, dedicado a analizar en profundidad las distintas derivas que se han seguido con el uso y abuso de internet como medio de publicación y comunicación para los anticapitalistas; sin embargo, sí que resulta esencial apuntar las principales de ellas.

A finales de los noventa se experimentaron unas ingenuas y desmedidas ilusiones respecto de las posibilidades que abría la red. Se multiplicaron propuestas y proyectos, yéndose buena parte de la capacidad operativa del personal a la creación de "nuevos espacios de lucha". Esos espacios tenían una particularidad: eran virtuales, pero la verdad es que en aquellos momentos - abrumados en cierta medida por lo novedoso del asunto - quizás no reflexionásemos lo suficiente sobre ese matiz. La perspectiva que nos ofrece el paso del tiempo nos permite acercarnos de manera crítica tanto a esos momentos de gestación, como a sus resultados. Es evidente que el uso de internet tiene una faceta útil y positiva. Agiliza el tema convocatorias (aunque también plantea la posibilidad de hacer auténticas cagadas,pero esa valoración escapa a estas líneas), sirve para transmitir
de forma masiva información concreta y permite el acceso generalizado a materiales escritos y gráficos de interés revolucionario. El resto es otra historia, ya que la premisa fundamental sobre la que se erigían los planteamientos teóricos de aquel "movimiento" (el hecho de que internet multiplicaba y actualizaba las posibilidades comunicativas) se reveló una quimera.
Si hablamos estrictamente de comunicación, es decir, de poner en contacto de manera horizontal a distintas partes y crear la posibilidad de que puedan debatir, compartir o conspirar de tú a tú mediante un proceso de enriquecimiento subjetivo y colectivo, entonces internet no sólo no ayuda, sino que sabotea las potencialidades comunicativas. Desde que el medio de propaganda (léase bien: propaganda, y no proselitismo) al que se recurre por
excelencia es la red, el aislamiento se ha hecho más fuerte, la capacidad teórica más pobre y las relaciones humanas se encuentran más deterioradas que nunca. Los niveles de confusión, malentendidos y piques entre colectivos e individuos, nunca habían llegado a ser los que tenemos hoy gracias al milagro informático. Una vez más debemos revisar nuestros principios de actuación: seducidos por una capacidad de crecer cuantitativamente de manera exorbitada, hemos olvidado que en términos revolucionarios la clave no viene dada por
la cantidad, sino por el desarrollarse de manera cualitativa. Da igual que el potencial destinatario sean miles de personas, si el medio es confuso y tiene por características esenciales el aislamiento social y la inmediatez. El flujo informativo se asemeja al de los medios de comunicación capitalistas: las noticias y los artículos vuelan, son devorados en pocos días o incluso en horas,para esfumarse poco después sin dejar ninguna huella tras de sí.
Los materiales se apilan y llevan puesta fecha de caducidad. Y así es imposible construir un bagaje o unos rudimentos teóricos y estratégicos para crear procesos de lucha, se pierde la capacidad de tener memoria, lo cuál nos lleva de manera irremediable al colapso y el estancamiento.

¿Qué es si no la "cybermilitancia"? Ese estar horas y horas frente a la pantalla, escindido de la calle, colgando comentarios y viviendo inmerso en una enorme paja mental que cada vez se aleja más y más de la realidad. Cuando se leen algunos hilos creados a partir de un texto o una noticia en las páginas webs cercanas a nuestras posiciones, se llega en seguida a dos diagnósticos: uno de carácter general, sobre la
miseria de nuestra sociedad, y otro de carácter concreto, sobre la propia miseria de nuestro pobre intento de constituir un movimiento. Los sujetos, encerrados desde sus habitaciones y escondidos en un cómodo anonimato, representan roles y teatralizan distintas tendencias políticas, el resultado es un patético infantilismo telemático en el que abundan los militantes "opinadores" (que al igual que en el caso de los tertuliados profesionales, opinan y emiten juicios sobre lo humano y lo divino, partiendo del hecho de que ellos saben de todo, y por lo tanto pueden permitirse el lujo de regalar con total tranquilidad sus geniales opiniones sobre las luchas de los mapuches, la situación de los presos, la oportunidad estratégica de los sabotajes en Grecia o los males de la okupación) y los amigos de la exaltación, que no pueden dejar perder ninguna oportunidad para despreciar todo lo que no implique caos y destrucción (y no es que no nos guste el caos y la destrucción, es que nos parece patética la tendencia a santificar la violencia y a invocar a la mínima ocasión la necesidad de llenar de barricadas y gasolina las ciudades... especialmente cuando no tiene un correlato real en las calles, y porque hay cosas que no se dicen: se hacen y punto, o de lo contrario se cae en el riesgo de vender poses y estéticas que deben provocar interminables carcajadas entre nuestro enemigos). Por otra parte, la red facilita las infamias y los ataques personales, un fenómeno que si bien no es desconocido en el gueto político en el que nos movemos, sí plantea una nueva peculiaridad: como internet ofrece la tranquilidad del anonimato, la gente se envalentona, los niveles hormonales se disparan, los insultos y amenazas se cruzan gratuitamente, y los cobardes se permiten el lujo de ser los chicos más duros del lugar. En la red uno puede ser lo que nunca fue en el mundo real. El principal problema es que buena parte de los conflictos (muchos de los cuales no habrían llegado a existir sin los ordenadores) quedan sin resolverse, cuando antes las cosas había que decirlas a la cara, bien fuera para hablar y arreglarlo, o simplemente para acabar a ostias... algo mucho más higiénico y sano que lo que nos ofrecen las turbias relaciones telemáticas.

También hay que decir que en los últimos tiempos hay una mayor conciencia de los peligros que nos puede acarrear internet (y no hemos hablado de los represivos, de la cantidad de información que puede proporcionar a la brigada de información un chat o una web mal usados y gestionados), y que muchos compañeros han eliminado los comentarios de algunas páginas o han creado criterios de publicación que exigen un gran curro diario. Sin embargo, habría que repensar cuáles son los usos realmente cualitativos de las webs, así como tener claro que no son zonas comunicativas reales, que no pueden ser espacios de discusión horizontales, ya que presuponen una tecnología que no es neutra, que lleva asociada una serie de características que condicionan el uso (por muy libre que se quiera) que se hace de ella.
Y por lo tanto - y eso es lo que más nos importa ahora -, que ya ha quedado demostrado históricamente que no pueden sustituir a los antiguos medios de propaganda y difusión de las ideas libertarias, que ha sido un error desecharlos en aras de las mil maravillas que nos ofrecía la red. Quienes hemos crecido con el Llar, Lahoja ácrata o Adrenalina no podemos sino echar de menos aquellas idas y venidas de copias, las discusiones que creaban sus textos, las relecturas una vez pasado el tiempo, las reediciones de artículos, o ese hecho tan crucial y casi olvidado de encontrarse a un colega o conocer a alguien con quien parecen compartirse ciertas ideas y darle un ejemplar de alguna publicación para que lo lea y lo
pase a su vez. No se trata de ensalzar tiempos pasados, sino de tener en cuenta que aquello, con todas sus deficiencias, al menos tenía una cualidad que en estos días parece casi mágica: y es que era real.

Estas páginas tienen la descarada pretensión de querer ser reales.

A estas alturas, ya va quedando un poco más claras las razones de ser de esta publicación. Y son tan modestas como jodida es la situación histórica, política y social en la que nos encontramos. Como se puede entrever en los párrafos anteriores, tenemos un gran interés por difundir teoría crítica que analice las contradicciones y riesgos del desarrollismo tecnológico y su concepción mitificada del progreso, también se buscará hacer visibles los efectos psíquicos que la civilización occidental y sus pretensiones de desarrollo ilimitado provocan en los individuos (tanto de manera aislada como en su conjunto, o lo que viene a ser lo mismo: con la ausencia absoluta de la idea de comunidad), y por último, se tratará de ahondar una línea de pensamiento que todavía no ha sido lo suficientemente explotada: la del ataque frontal y sin concesiones a la idea misma de democracia.

Heredamos de todo el pensamiento ácrata su irreductible iconoclastia. No hay conceptosdivinos ni ideas sagradas, todo puede y debe ser atacado. La democracia no debe ser menos. Aún en los reductos más críticos con el sistema de dominación parece que se guarda cierto, si no respeto, sí miedo a la palabra en cuestión.

El rey Ciro, rey de los persas y un cabronazo de los de toda la vida, se refirió a los griegos como "esos hombres que tienen por costumbre dejar en el centro de sus ciudades un espacio vacío al que acuden todos los días para intentar engañarse unos a otros bajo juramento". El tipo fue terriblemente lúcido en su juicio, eso no se lo puede reprochar
nadie. Hoy en día, atacar el concepto de democracia se ha convertido en el más grave de los pecados, un "enemigo de la democracia" es alguien que merece pudrirse en la cárcel por el sólo hecho de pensar semejante herejía. Así están las cosas. Si observamos las formulaciones teóricas de diferentes posturas políticas supuestamente críticas (desde el ciudadanismo antiglobalizador hasta la izquierda abertzale), veremos que siempre guardan, exhiben y defienden su particular versión de lo que "realmente es" la democracia. Así pues se habla de democracia directa, de soberanía popular democrática, procesos democráticos etc. Nosotros, por nuestra parte, sólo conocemos la democracia en la que hemos crecido, y no podemos experimentar otra cosa distinta que el pensar que simple y llanamente es una basura. El mejor de los mundos posibles es un lugar que te mata de pena. Este tinglado no se puede reformar, está corrompido en su misma raíz. Lo estaba ya con los griegos (esos simpáticos señores que fundamentaban su orden social en la
esclavitud, la xenofobia y el sometimiento de la mujer), y todo el desarrollo posterior del orden social occidental ha concluido en una fórmula en la que entre lo que parece y lo que es media un abismo sin fondo. Democracia es apariencia. Su sistema es un matadero decorado con colores agradables, hilo musical y desolladores sonrientes. Delegas tu vida de manera completa e incondicional, y encima tienes que dar las gracias porque antes se vivía mucho peor, porque en otros países las cosas son mucho más jodidas... porque en Rusia, con Franco, en Afganistán o en el Congo, sí que se vivía y se vive mal. Los demócratas tienen las ideas mucho más claras que nosotros. Han tomado partido de manera fiel e inamovible por unas determinadas posiciones. Fernando Savater, animador socio cultural de este estado de la conciencia llamado españa y mala persona hasta la médula, nos dejó unas palabras muy indicadas al respecto. En una entrevista ofrecida poco antes de las elecciones y defendiendo la propuesta electoral de ese partiducho de segunda regional (lo cual viendo quiénes juegan en primera da bastante lástima) que es Unión, Progreso y Democracia, explicó a las claras las reglas del juego.
Ellos, como custodios del orden democrático afirman que el asunto es bastante sencillo: aquí hay un estado de derecho y una constitución, dentro vale todo y fuera no queda nada. Nada. Es una palabra muy dura, incluso difícil de asimilar conceptualmente. El insigne filósofo no llega a explicar las implicaciones ontológicas de semejante demarcación, pero al lector atento se le abren un montón de posibles significaciones. Si te quedas fuera y no eres nada, sencillamente no existes. Y si no existes no eres un ser humano en sentido estricto, por eso te pueden violar con un palo de escoba en un cuartel de la guardia civil o dejarte morir en la cárcel porque no te arrepientes de lo que fuiste y de lo que eres. Si no eres nada pueden arrancarte las uñas y enterrarte en cal viva. La historia está llena de ejemplos de qué es lo que una determinada sociedad hace con aquellos que no son nadie.

Entrar en farragosas discusiones sobre los usos correctos e incorrectos de la palabra democracia es perder el tiempo. No hacen falta definiciones de diccionario, lo que es ya lo vemos todos y cada uno de los malditos días a través de nuestros ojos. Lo que podría ser nos da igual, porque si fuera algo bueno ya no podría llamarse de la misma manera. La democracia - por su propia esencia mentirosa y rastrera - es dolor, es existencia amputada, es un baile en el que la música que suena es el ruido que hace una máquina registradora al abrir y cerrar, al abrir y cerrar. Un demócrata es un señor sin brillo en
los ojos. Una sociedad democrática es un lugar donde los horrores se barren debajo de la alfombra. Democracia es un vocablo que siempre quiere apuñalar por la espalda a libertad, solidaridad, imaginación, respeto y convicción. Le caen mal, dice que no producen una mierda y solo estorban.

Pero, ¿qué hacer en un tiempo en el que todos los candados están echados?, donde los posibles interlocutores te dicen que estás loco en cuanto comienzas
a articular tu habla, que a dónde vas con esas ideas raras y esos pájaros desbocados en la cabeza. No tenemos una respuesta clara y concisa, no tenemos ningún programa detallado, no hay líneas maestras que seguir. Los mapas han ardido, a los senderos no los deja ver la maleza. ¿Qué hacer? Jamás rendirse, pensar, luchar, avanzar inventando a cada paso un camino para que lleguen días en los que podamos susurrar orgullosos: "hoy nuestros pájaros destrozan sus jaulas". Y eso implica esfuerzo. Simple y llanamente esfuerzo. Lo cual no significa convertirse en mártires, ni reventar en el cielo como fuegos artificiales. Se trata más bien de intentar a cada momento desarrollar una conciencia que nos permita afrontar con claridad el mundo en el que vivimos, diseccionarlo, buscarle los resquicios y las cosquillas. Hay que saber en qué consiste el juego en el que nos hemos metido, quizás si se tuviera más claro seríamos todavía menos jugadores en la cancha, pero al menos no se nos partiría el corazón con tanto abandono a mitad de partido.

Esfuerzo es un grito que no se ahoga y recuerda que estamos aquí para quedarnos. Que por más aciagos que sean estos tiempos, no nos vamos a rajar. Esa posibilidad ni siquiera es una posibilidad real: el día en el que dejemos de pelear estaremos muertos. Esforzarse significa renunciar a la autocomplacencia y la moda, someter cada movimiento y pensamiento al análisis crítico, intentar hacer la guerra cada vez más y mejor. Renunciar al soborno mercantil. Impulsar y atizar mediante la propaganda por el hecho una forma de vida ajena al espectáculo del capital y sus chucherías.

Esfuerzo es la potencia antitética de una sociedad que basa su capacidad de seducción en el hedonismo barato y el fácil acceso a una satisfacción inmediata y vacía. Es un abrazo a una serie de valores y códigos que nos
permiten dotarnos de un esbozo identitario con el que no perdernos en los pasillos del gigantesco centro comercial de esta vida. Es la fidelidad a una intuición, a una idea que en nuestra opinión constituye en más hermoso pensamiento jamás formulado por el ser humano: la anarquía. Es querer formar parte de la historia de esa idea por la que tantos han sido perseguidos y asesinados, contribuyendo a que se mantenga viva, crezca y vuelva a hacer temblar el mundo. Es el compromiso que te lleva a hacer las cosas más allá
de la emergencia abrumadora de la derrota, si es que piensas que haces lo que tienes que hacer.

Esfuerzo es dar una patada en la boca al aislamiento de las ciudades y la banalidad postmoderna. El intento de formar una familia propia, con un lenguaje compartido y una proyección en el tiempo. Es un decir que sí, que
entendemos que existen principios que defendemos con todos los medios a nuestro alcance dentro de una realidad por definición contradictoria. Que hay buenos y hay malos, y que queremos zurrar a nuestros enemigos y amar con cada gota de sangre que nos corre por las venas a nuestra gente. Que no todo vale, que defendemos principios éticos propios en un mundo en el que nadie se hace
responsable de sus palabras y sus acciones.

Reivindicamos una ética de la resistencia. La que nos ha legado la historia, la de hombres y mujeres que en situaciones mucho más jodidas que la nuestra no
dieron su brazo a torcer. Creían en lo que pensaban y hacían, ahí reside su grandeza, su diferencia con estos días de sabor a la nada. El nombre de esta publicación está dedicado a su memoria, a quienes sin ir más lejos, con la palabra Esfuerzo por título sacaron una publicación periódica escrita a mano en la Prisión Celular de Barcelona. Cuando los fascistas llevaban ya años disfrutando de su victoria, y la no intervención de las tropas aliadas tras la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial dejó claro que la suerte de de los revolucionarios presos estaba más que echada. Sirva esta tinta
para honrar a aquellos miembros de las Juventudes Libertarias. Nos queda mucho por aprender.

"Ciertos caminos son rectos: son aquellos que hemos recorrido; otros son tortuosos: son aquellos que se hacen a sí mismos. Y estos últimos son de mucho los más agradables, porque no sabemos a dónde nos conducirán. Han sido
trazados poco a poco por los niños, los perros y todas las personas a las que no les preocupa demasiado que un camino se haya hecho de una u otra manera".

James M. Barrie. Peter
Pan
.

[volver al indice]

2. Reseñas

En esta sección se pretende recuperar la vieja tradición (hoy casi perdida gracias a la devaluación cualitativa que implica la comunicación a través de
internet) de incorporar en las publicaciones libertarias un apartado dedicado a reseñar libros que pudieran tener un interés crítico para sus lectores. Los tiempos han cambiado, y aquí se hablará no sólo de libros (tanto ensayos como aicción literaria), sino también de fanzines, cómics, documentales y películas. Tampoco nos ceñiremos al escaso circuito alternativo de editoriales "afines" (aunque sí las prioricemos), si una obra nos parece de interés, escribiremos sobre ella independientemente de quien la haya editado/producido. Actualmente hay medios más que suficientes para obtener materiales comerciales sin pagar por ellos: el primero y más evidente es el robo, en cuanto a los documentos audiovisuales, se puede recurrir a la red (y una vez descargado el archivo, multiplicarlo y difundirlo con costes mínimos), y en última instancia, se pueden realizar solicitudes de libros en las bibliotecas públicas, donde a veces el sistema de desideratas no funciona del todo mal.

Se quiere dejar claro que no tiene por qué producirse una identificación forzosa entre el reseñador y lo reseñado. Así pues, no se trata entonces de escribir sólo sobre aquellos libros y películas que nos fascinen y con las que nos identifiquemos políticamente (lo cual implicaría no
tener casi oportunidad de hacer reseñas). Somos menos puros y hablaremos de cuanto suscite interés, aunque sea parcialmente, aunque resulte que el autor sea un gilipollas y su editorial una empresa despiadada. Cogemos lo que nos interesa y punto. Como posibilidad, incluso contemplamos el poder reseñar para insultar, pero eso ya se verá con el tiempo. La idea que queremos trasmitir es la siguiente: si ahí fuera existe algún documento impreso o digital que puede aportar algo a la difusión de las ideas que defienden que
este mundo es insoportable y que hay que hacer algo para remediarlo, atrápalo y dale un valor de uso.

[volver al indice]


2.1 La pesadilla de Darwin.
Dirección: Hubert Sauper. Francia, Austria y Bélgica, 2004.

En la década de los años sesenta algún hijo puta tuvo la feliz idea de introducir en el descomunal Lago Victoria (situado en el corazón mismo del continente africano) un pez conocido como perca del Nilo. El experimento científico tuvo un importante éxito comercial: la perca devoró la mayor parte de las especies autóctonas, se reprodujo de manera incontrolada y el ecosistema quedó esquilmado. Miles de años de equilibrio y riqueza natural se fueron al garete en unas pocas décadas. Hoy en día, los filetes de perca del Nilo se exportan a todo el mundo. Sin ir muy lejos, hace poco varios restaurantes de Madrid fueron denunciados porque daban ese tipo de pescado en vez del mero que anunciaban en sus menús.

Hasta aquí, una historia de degradación ambiental más. Pero La pesadilla de Darwin va mucho más allá. Muchísimo más. Es un retrato cabrón y malintencionado de una realidad repugnante, es la quintaesencia del capitalismo servida en bandeja. Si algún gilipollas te viene con el cuento de que este es el mejor de los mundos posibles, el resultado de siglos de evolución, la suma de los esfuerzos realizados por las mejores y más brillantes mentes de la historia de la humanidad... le atas a una silla y le obligas a ver el documental. Será más productivo que darle de ostias (aunque también se lo merezca). El entorno ecológico y humano del Lago Victoria es un campo de concentración de proporciones gigantescas (y esta afirmación no es un recurso literario). Un sucio negocio en el que el ser humano vale menos que nada. Un juego en el que guerra, dinero y explotación (natural, laboral, sexual etc.) se muestran en su cara dura, sin maquillajes, sin embalajes democráticos. Aquí se resume el modo en el que funciona el mundo.

A menudo olvidamos las condiciones vida en los países del sur del planeta. Nos han dado la vara tanto con el rollo tercermundista, con las oenegés de los cojones, que miramos con recelo las historias que describen aquellas situaciones. Sin embargo, sabemos de sobra que la riqueza de los países que habitamos procede en gran medida del expolio sistemático de los recursos y la fuerza de trabajo de esos países. La necesidad de acabar con el orden capitalista es una jodida cuestión de ética. Prueba a dormir a pierna suelta en una puta cama de Ikea después de ver la narración de cómo la Tierra y los hombres no son más que alimento para una Máquina que nunca tiene suficiente.

[volver al indice]

2.2 El asesinato de Richard Nixon.

Dirección: Niels
Mueller. EEUU, 2005.

 

Esta película narra la historia (basada al parecer en sucesos históricos) de una ida de pinza. Describe el proceso por el cual un insignificante hombre, un pardillo honrado que cree en la posibilidad de triunfar empresarialmente sin mentir ni estafar al personal, acaba convirtiéndose en un magnicida frustrado. Es el ejemplo perfecto de la contradicción real que existe entre las expectativas con las que somos educados y la existencia que más tarde estamos condenados a llevar. Ese desfase provoca indignación y dolor a partes que no siempre son iguales. Las cabezas se resienten duramente del ostiazo que te asesta la sociedad cuando te das cuenta de que todos esos valores a los que se ha apelado de forma continuada en tu formación como simpático ciudadano, son una maldita quimera. Unos se enganchan a las drogas, otros son psiquiatrizados, algunos se entregan a la llamada delincuencia callejera, unos pocos se politizan y llevan a la práctica teorías revolucionarias... y algunos, como el protagonista de la historia, se plantean la posibilidad de cepillarse al presidente de su país.
"No me iré sin hacer ruido", dice Samuel Bicke, a quien da vida un genial (aunque un poco histriónico por momentos) Sean Penn.

La hora y media de película viene a ser una foto de la trastienda de los EEUU. Un plano explícito de las cloacas del sueño americano (y por extensión, del sueño capitalista). Especial peso tienen las reflexiones del protagonista sobre el trabajo, al que define como la continuación del esclavismo de siglos precedentes. "Sólo importa el dinero", masculla, mientras su cabeza empieza a volar sola. Lástima que su intento de asesinato fuera tan chapucero, aún así, hay que reconocerle el mérito de haber sabido ver la verdadera cara del sistema: "Los mansos no heredarán la tierra. La tierra pertenece a los matones, que no tienen escrúpulos para llegar a lo alto, con tal de llegar".

[volver al indice

 

2.3Por qué he robado. Y otros escritos, Alexander M. Jacob.
Pepitas de Calabaza Ed. 2007. 259 pág. 13 €

Un libro espléndido. Una selección de textos extraídos del volumen que la editorial francesa L´Insomniaque dedicó a Jacob, incluye el clásico "Por qué he robado" que da nombre al libro y que fue editado en el estado español por Etcétera y fotocopiado hasta la saciedad por un sin fin de pequeñas distribuidoras. Más de la mitad de sus páginas están agrupadas bajo el título "Recuerdos de un rebelde", y recogen tanto los últimos momentos de libertad que tuvo Jacob, como la descripción de su detención. Este relato autobiográfico está escrito en un tono mordaz y por momentos recuerda a una auténtica novela de aventuras, con la salvedad de que se trata de hechos históricos y concluyeron en veinticinco años de encierro. Pero más allá de la atracción que tiene la narración del intento de robo, la fuga, la detención frustrada y la posterior persecución de Jacob, el verdadero interés de esta lectura reside en las pequeñas andanadas que va dejando el autor, su lucidez, convicción y mala ostia. Entre descripción y descripción de los acontecimientos, se intercalan puñaladas a la sociedad, críticas y juicios demoledores, que se construyen con un lenguaje lleno de humor e ironía. Es curioso comprobar la actualidad de sus argumentaciones, teniendo en cuenta que estas tienen un siglo de antigüedad. Por eso se trata de un buen libro para regalar o prestar a gente que siendo cercana, no comparta una visión refractaria de la existencia. Lo puede leer cualquiera, e indiferente es difícil que te deje.

Jacob toca temas que tienen una vigencia absoluta. El primero y más evidente es la violencia, ya que al ladrón francés se le condenará por el asesinato de un gendarme. "(...) Respiré aliviado. Si me hubieran atacado, los habría matado sin ningún escrúpulo. Es la guerra social. Si no me defendiera, me quitarían la vida o la libertad, lo que viene a ser lo mismo. Pero prefería que las cosas siguieran así. No mato por el placer de hacerlo. Eso queda para las personas honradas, como por ejemplo los militares. Un bandido piensa y actúa de manera muy distinta". Otro es la reacción de lo que viene a denominarse el pueblo (la gente llana, que explotada y oprimida sobrevive a una realidad penosa). "¿Qué le había hecho yo a la pobre mujer arruinada por la nauseabunda atmósfera de la fábrica, que me señalaba con el dedo y me llamaba ‘ladrón'? ¿Qué le había hecho al joven obrero de mejillas pálidas y héticas, que parecía más un viejo que un adulto, consumido ya casi en su totalidad por el trabajo, que me miraba con ceño fruncido y me llamaba ‘bandido'?". El concepto de legalidad también se lleva lo suyo. "(...) Como acabo de decirle, comprendo que unos necesiten la ley para oprimir a los demás. La ley es su salvaguarda. Pero para mí, que no soy ni amo ni lacayo, ni timador ni timado, sino un rebelde que sabe ver claro en medio de los tenebrosos engranajes de su sociedad, para mí, digo, la ley no es más que una plaga, un cólera; y, lejos de respetarla, la combato como se combate la peste o se combate el cólera: por todos los medios, incluidos los más violentos". Y por último, quisiera aludir a una de las reflexiones más adelantadas a su tiempo que hace Jacob: la crítica a la ilusión de la jubilación. "(...) Entonces comprendí también la fuerza de ese freno contra la rebeldía: la esperanza de una jubilación. ¡Vamos, burgueses! ¡Todavía os quedan muchos días de reinado sobre el pueblo! No tendréis nada que temer en tanto que vuestras ignorantes víctimas se envenenen con la esperanza de una jubilación y por la imbecibilidad de creerse honrados porque se mueren de hambre". Según él, se trata de una de las grandes argucias de los dominadores, el trabajador queda engañado por la idea de que tras una vida de sacrificio llegará el descanso... pero ¿a qué precio?, ¿qué descanso?, ¿qué sentido tiene perder la totalidad de la vida para recoger una migaja en forma de pensión? Eso sin tener en cuenta a los que jamás la cobrarán, a los que morirán o vivirán su vejez enfermos tras una vida perdida al servicio del patrón. La verdad, es que el asunto visto desde nuestros días da que pensar y mucho (¿podría hablarse en términos semejantes de inventos más recientes como la llamada renta básica?).

La segunda parte del libro se centra más en los años de presidio que sufrió Jacob en la Guayana francesa, en apuntes sobre las condiciones de vida que allí se daban y en la correspondencia que el preso mantuvo con distintas autoridades. De todos los documentos que se recogen, uno tiene especial interés: se trata de una de las cartas que Jacob envió al diputado Lafont. En ella, un Jacob ya libre ataca el régimen penitenciario francés, describe su particular crueldad y lo compara con el belga, que por aquél entonces era algo menos duro (¿tendrá alguien la feliz idea de pensar que Jacob era un reformista por plantearse la necesidad de mejorar las condiciones de vida en prisión?). Cito unas líneas que sintetizan el buen hacer del bandido marsellés: "¿Me pregunta usted con qué derecho me ocupo de asuntos penitenciarios? Por el derecho de competencia. ¿Cree que si los estorninos tuvieran el don de la palabra no serían idóneos para hablar de jaulas y pajareras? Ése es mi caso. ¿No he pagado cárcel y reclusión y trabajos forzados durante veinticinco años, dos meses y ocho días? Estoy empeñado en participar, aun con medios muy endebles, en cualquier mejora de las prácticas penitenciarias, a fin de aliviar y ablandar la suerte de mis hermanos de miseria (...) He estudiado el derecho penal para conocer las normas y las leyes y violarlas mejor. Así es como obtuve, de siete comparecencias ante el consejo de guerra marítima, seis absoluciones. Después, y sin que ello suponga menoscabo de lo anterior, me complací en ayudar a mis compañeros de presidio a defenderse mejor de la barbarie de las normas a las que estábamos sometidos. Como he tenido la suerte de salir de allí, habría podido, como tantos otros, renegar de mi pasado, despreciar a mis amigos de ayer y dejar de ocuparme de los que, con menos suerte que yo, permanecen allá. No es mi estilo".

Para finalizar, quiero hacer alguna puntualización a la edición. La traducción es cojonuda y el libro (en tanto que objeto) precioso, pero este texto bien habría merecido una edición más económica (aun con bastantes páginas, las dimensiones del volumen son reducidas), dada la importancia de su contenido y su contribución a la historia de la lucha libertaria. Por otra parte, se echan de menos algunas notas a pie de página que complementen el texto (como cuando se habla de los "ambientes neomaltusianos" o se hace una referencia fugaz a la relación de Jacob con Viaje al fondo de la noche de Céline) y den sentido a algunas de las imágenes incluidas (en especial el collage de la página 148).

[volver al indice

2.4  Cansadas de tanto neofeminismo y políticamente incorrectas.

Fanzine editado en Zaragoza, 2007. 20 pág. Se puede solicitar el archivo en pdf para llevar a imprimir a la siguiente dirección: yonomechupoeldedo@gmail.com.

Este es uno de los textos más interesantes que se han editado en formato fanzine durante el último medio año. Ha provocado sentimientos enfrentados, facilitando que se abran debates sobre cuestiones que llevaban muchos años presuntamente clausuradas. Ha llegado también a suscitar muchas críticas, pero por el momento nadie ha tenido el tiempo, las ganas o la capacidad de articularlas de manera que todos nos enriquezcamos con ellas (y no es algo irónico). Su edición (que ha sido impresa) nos demuestra la dificultad de hacer teoría en nuestro gueto político. Si se hubiera colgado en las habituales webs anticapitalistas (o antisistema, o como se les quiera llamar), posiblemente habrían sucedido dos cosas: 1) poca gente lo habría leído, ya que veinte páginas a día de hoy son un auténtico exceso para los internautas, una incompatibilidad manifiesta con la inmediatez del medio; 2) muy posiblemente habría desatado largas cadenas de comentarios anónimos diciendo chorradas - por lo general de tipo personal y descontextualizadas - y sin entrar a debatir en ningún momento lo afirmado en el texto. Al imprimir copias se reduce la potencialidad de llegar a más gente, pero al menos las posibilidades de una lectura atenta se multiplican. Harina de otro costal es la distribución, ya que no disponemos de redes lo suficientemente sólidas y organizadas para poder mover publicaciones de manera fluida y efectiva por el estado. Quizás el texto debería haber sido editado en una revista de difusión estatal, donde se hubiera podido concretar un debate teórico abierto, pero quitando nuestra querida Ekintza Zuzena, no disponemos de publicaciones de este tipo [nota posterior a la reseña: como si nos hubieran leído el pensamiento, los compas del Ekintza pidieron a las autoras un artículo sobre los temas tratados en el fanzine para su último número].

Esta reseña tampoco pretende presentar un conciso resumen de lo afirmado por las autoras en el fanzine, leerlo está al alcance de cualquiera. Simplemente indicar que el texto tiene dos partes diferenciadas: una que esboza críticamente un escenario de las distintas teorías feministas y posfeministas de los últimos tiempos, y otra que aborda cuestiones prácticas dentro del contexto político contestatario. La primera parte quizás mereciera mucho más espacio, por lo que al tratar de sintetizar tanto, varias cuestiones quedan poco explicadas o confusas (al menos para el lector - como es mi caso - que no está familiarizado con la teoría de género, otras compañeras y compañeros no han tenido mayores problemas); en todo caso, una relectura facilita las cosas, y además el repaso histórico que se realiza tiene sumo interés si se quiere profundizar en los temas tratados (ya que se mencionan obras, autores y autoras, corrientes etc.). Para mí, lo crucial se encuentra en la segunda parte, ahí es donde las mujeres que lo han escrito demuestran valentía y ganas de pensar las cosas, de no dar nada por asumido y de pasar actitudes y prejuicios por los martillazos de la crítica. Se puede estar o no de acuerdo, pero la única verdad al respecto es que de estos asuntos no se suele hablar abiertamente, y en Cansadas... se hace, y además, argumentadamente.

"Queremos un mundo sin abusos, nos negamos a seguir siendo víctimas de igual forma que nos negamos a ser las nuevas agresoras. Queremos que se nos tenga en cuenta y queremos tenerles en cuenta. Que se nos respete y entienda, respetarles y entenderles. Combatir junto a ellos el sexismo y construir nuevas relaciones sobre la belleza de las diferencias".

Una última cosa que decir: gracias al Comando Scum (al que se dedica el texto que se está reseñando), si vuestros performances sexistas - a medio camino entre la estrategia publicitaria y el pataleo posmoderno - sirven para que la gente se ponga a pensar, discutir y escribir... ¡seguid vivas y coleando!

[volver al indice

Vamps y Tramps: más allá del feminismo, Camille Paglia

Valdemar, 2001. 664 págs. 21,63 €.

"Algo va mal en la cultura cuando hay tal connivencia entre el sistema establecido y las viejas fuerzas de la crítica" (pág. 37).

Este extenso volumen recoge una serie de artículos y entrevistas con Camille Paglia, uno de los personajes más controvertidos de los noventa en Estados Unidos por sus constantes apariciones mediáticas en las que arremetía contra el feminismo establecido y otros tópicos de la cultura moderna - desde los pensadores postmodernos a los colectivos de gays y lesbianas; desde Madonna a Lady Di o el matrimonio Clinton; desde Grecia y Roma a la cultura pop -, reivindicando, a través de las figuras de las vampiresas y las putas, un feminismo radical y libertario silenciado o asesinado tras la revolución sexual de los sesenta por sus propios hijos bastardos: los neoconservadores políticamente correctos de hoy.

El modo en que Paglia habla de cuestiones como la pornografía, el acoso sexual y las violaciones, la censura o el SIDA, puede servirnos para replantearnos o afianzar nuestra postura frente a ciertas cuestiones, obligándonos, en cualquier caso, a la tarea tan poco frecuente de pensar, posicionarnos y articular nuestras propias opiniones.

[volver al indice]

3. De agujeros y batallas

"No tengo paz
y no sé con quien
hacer la guerra".
Jordi de Sant Jordi, poeta medieval.

"Soy comunista porque,
cuando se ha de ser amigos,
vale más serlo por completo
que a amigos a medias".
Malatesta.

I. Por definición, el capitalismo seduce. El capitalismo también es un sistema, y los sistemas fallan. Algo marcha mal cuando en vez de seducirte, el capitalismo te arrastra.
Algo marcha mal cuando para que las cosas funcionen, la mitad de las personas que habitan las ciudades tienen que ser intoxicadas para modificar sus cerebros. El capitalismo no es un régimen político. El capitalismo no es un sistema ideológico, aunque sea una ideología, o más bien la posibilite por necesidad. El capitalismo es una red informe, una masa compleja e ilimitada. El capitalismo no es un enemigo formal. El capitalismo no es afirmación ni negación de nada. El capitalismo es. Y punto. Todo su proyecto se reduce a persistir. No tiene metas, pero tiene una función, un gesto que le define: mira hacia la imperdurabilidad. El capitalismo es la producción. La producción tiende por su propia naturaleza a producir sin descanso y cada vez más. Para producir hace falta movilizar la vida. Para movilizar la vida hace falta seducir, y si no, obligar. Sin vida movilizada no hay plusvalía. La producción presupone al productor. El productor también produce consumiendo. La plusvalía es una escalera hacia el cielo. Los individuos son los peldaños. La plusvalía amenaza la vida, la lleva a condiciones en las que resulta plausible su desaparición. La movilización deja de ser efectiva cuando la vida llora o se aburre. La sutileza persuasiva se desvanece y lo burdo toma color. La propaganda vuelve a ser propaganda. La publicidad ya no es lo que era. Esto sucede durante breves periodos de tiempo. No es difícil intuir lo que podría implicar de suceder en un periodo dilatado de tiempo. Hay que estar ahí. Agazapado para cuando se desate el incendio, con las antorchas preparadas y las piernas veloces y decididas.

II. Las clases sociales existen. Puede no existir un conflicto de intereses cotidiano, ni la conciencia, pero el hecho objetivo e irrefutable es que existen: por eso unos se meten speed mientras que sus jefes se meten cocaína. El capitalismo es una forma de vida, el capitalismo es metafísica. El capitalismo es la movilización efectiva de las existencias. El capitalismo difiere de las formas de organización social precedentes: si para perdurar exige la intoxicación, los cuadros sociales (las posiciones más aventajadas de la estructura) no se libran de ella. Por lo tanto, intentar comprender el capitalismo bajo la óptica dictatorial al uso es una gilipollez. El capitalismo es una dictadura, pero de las mercancías no de las personas. La mercancía es la reina del mundo, pero no como el alto ejecutivo lo es de su empresa, sino como la sangre lo es de nuestros cuerpos. La mercancía va más allá de posibilitar la existencia: la funda. La mercancía es dios y está entre nosotros. ¿Nosotros? Nosotros somos un error, una enfermedad, una anomalía. Somos las chispas que saltan cuando el martillo golpea el yunque. No podemos hacer agitación basándonos en nuestra situación. Ese es un gesto de debilidad. No podemos ir a la gente y decir: sé un error con nosotros. No quiero ser un enfermo, quiero ser la enfermedad. No quiero ser un error, quiero ser un foco de falibilidad. No habrá víctimas entre quienes asalten el vertedero. El consuelo es mierda. Sencillamente tenemos la responsabilidad histórica de dar con la manera de ejecutar la pirueta que nos permita pasar de ser un fallo a ser un centro generador de entropía.

III. La perversidad de la democracia consiste en haber ideado un lugar para la existencia en el que las fisuras han sido erradicadas de la totalidad del campo de la mirada. No hay proyecto ni recuerdo. Sólo hoy. Y el hoy es un puto agujero. Que traga y traga, todo lo convierte en mierda. Si uno recuerda, y si uno estable proyectos para el mañana, se está declarando como enemigo radical de lo existente.

La imagen de un maldito agujero negro representa la totalidad de cuanto odiamos. Puedes hacer que no lo ves y sobrevivir. Puedes no verlo y sonreír. Pero si ya has mirado a dentro, siquiera por un instante, la suerte está echada. A partir de ahí da igual lo que hagas, puedes comprarte un coche o un gramo de felicidad, vivir en un agujero negro es vivir en un agujero negro, y la pena se puede anestesiar pero no asesinar.

IV. La imposición absoluta del individualismo ha acabado por reducir el lenguaje y las expectativas de los propios individuos. Ha derivado en la ausencia de proyectos, líneas, espacios, y en definitiva todo aquello que implique cualquier tipo de proyecto común y sus necesarias implicaciones de compromiso y esfuerzo.

V. El anticapitalismo sin actitud, sin una transformación radical de la vida cotidiana, es una reproducción cutre del capital y sus relaciones. Este hecho es especialmente sencillo de comprender si ponemos por ejemplo el tema de las drogas... al no afrontarse nunca de una manera seria y autónoma, lo que tenemos es un asunto tabú que salpica mierda por los cuatro costados. Los paralelismos que arroja este caso son difíciles de rebatir, nos encontramos ante un escenario en el que vuelven a reproducir las miserias del mundo adulto en los confines de un gueto pseudo-político. Y así la gente se mete speed porque no hay pasta para coca, y así el garito queda sucedido por el centro social okupado. Y sin embargo todo es igual de falso y repugnante, las sonrisas siguen siendo producto del consumo y los espacios se rigen por principios mercantilistas. El esquema trabajo/ocio se reproduce bajo el débil camuflaje de una estética agresiva que no logra esconder la tristeza de una fiesta concebida para olvidar.

En el asunto de las drogas nunca ha habido un debate abierto y serio, vinculado a un esfuerzo real de formación y adquisición de conocimientos. Es una de las cuestiones escurridizas por excelencia dentro del movimiento antagonista (por ponerle un nombre), nunca hay conclusiones explícitas. Las drogas son reaccionarias por la sencilla razón de hacer que las cosas sean las que son para siempre. Cuando se habla de las drogas como mecanismo de control social, no suele tenerse en cuenta lo que este supone. Más allá de las estrategias represivas asociadas a la expansión estratégica de drogas (la heroína en Euskadi durante la década de los ochenta, sin ir más lejos), está el sabotaje esencial que realizan las drogas a las relaciones entre personas. La falsificación de estas no sólo viene a ser más de lo mismo (más cucharadas del guiso indigerible con el que nos ceba el capital), sino que además afecta seriamente a la seguridad que debieran tener quienes se juegan los cuartos contra el orden establecido. Estar puesto y hablar de más es una constante que se ha convertido en una amenaza.

Contra la máscara química no hay más que la honestidad, que queda convertida en cualidad revolucionaria, en la única solidaridad real y efectiva que podemos encontrar. Las fiestas son fotografías de nuestro fracaso. En ellas los anticapitalistas balbucean cuando deberían conspirar, los espacios se vician y las palabras pierden valor (los "te quiero", los "colega": cántaros huecos). Surge la falsa concepción de ocio alternativo, falsa porque ocio sólo hay uno, y es el capitalista. La comunidad se pierde, los valores desaparecen. Las drogas responden al individualismo, al onanismo particular de cada uno. Aparece la autodestrucción, el deterioro de nuestros bienes más preciados: nuestras cabezas y nuestros cuerpos. Las drogas se incardinan en la lógica nihilista del ya hemos perdido y por lo menos vamos a reírnos. Y de esto no hay puta conciencia. Nos están masacrando. Y siguen los tabúes. No se habla de los que se van quedando, de las enfermedades mentales que se derivan del consumo de tóxicos, no se hace de ello el problema político que en sí es.

VI. Cuidar de los tuyos constituye una práctica insurreccional.

VII. La afirmación casi tópica de que mientras quede uno de nosotros la lucha continuará, esconde toda la hermosura implícita a la irreductibilidad. Primero: se afirma la existencia de un nosotros, se desvela una identidad. Segundo: esa identidad pertenece a un mundo completamente ajeno a las consideraciones cuantitativas del hombre. Esa afirmación es en esencia un insulto contra la razón y su enferma civilización. Un desprecio descarnado contra sus valores y las mayorías que los legitiman. Es arrogancia y macarreo. Es un desprecio por lo plausible. Significa una filiación a determinados sueños engendradores de vida, una renuncia rotunda y definitiva a la existencia reducida a supervivencia.

VIII. La democracia es la plasmación real de continuismo ilustrado. Es el puto engendro que encarna la idea de una ética y unos valores universales en un mundo fragmentado. La imposición de unas normas y principios rectores universales a todos y cada uno de los bandos en los que se encuentra despedazada la sociedad. En definitiva: un chiste de mal gusto, que busca grabar a sangre fuego las palabras de los unos en los corazones de todos. A partir del reconocimiento de un mundo roto en pedazos, dentro de los cuales unos son más grandes que otros, resulta de necios aceptar unas condiciones comunes a todos. Si la ética es entendida exclusivamente en términos universales, se puede afirmar y defender su invalidez desde la simple y llana constatación de la existencia de clases y segmentos dentro del cuerpo social.

IX. Sobre anarquía y nihilismo:

Soy anticapitalista, hay reside una implicación social. Soy un animal, ahí reside una implicación natural. No quiero morirme. Si tengo que morir moriré, pero la muerte es algo que rechazo porque mi instinto y mi cuerpo así lo hacen. Como potencia que soy, tiendo a mantenerme, no a la desaparición. El apetito de mi alma implica conservación del movimiento. El mío y el de los míos. Los que conozco y los que estando, no conozco. Negar un sistema social porque su aire no puede respirarse, supone la propia necesidad de respirar no sólo como individuo, sino también como sujeto de una especie, como parte perteneciente a una naturaleza. Aquí se puede llegar a ver si se quiere incluso una implicación espiritual...

X. Hay a algunos a quienes veo sin mirarlos. Constatación de que el espectáculo no es ni eterno ni todopoderoso. La lógica del beneficio se rompe. El sentido de la representación flaquea. No me hace falta mirar para ver. Me reconozco en mis iguales. Tanto da si son unos o mil, quiero buscarlos. Sobre todo quiero escucharlos. Pudiera así a lo mejor romper el aislamiento de la ciudad, trazar nuevas líneas (hasta el momento impensables) con las que adentrarse en el territorio enemigo. El individualismo anarquista me aburre. Se defiende con tal debilidad que no llega a comprender que la existencia del Único implica necesariamente la existencia de otros Únicos. El solipsismo no me interesa, en su esencia el capitalismo es solipsista... y el capitalismo me aterra. No hablo de números, por lo tanto mucho menos de masas, hablo de cualidad y comunidad. Hablo de un proceso creador de vida rica, plena y satisfactoria entre iguales. Una vez más se habla de un proceso constituyente encaminado a una superación de nuestra actual existencia. Pasar a Otra Cosa. Ella o la supervivencia. Y para prever los más burdos ataques ya voy afirmando que no hay nada más abstracto (esto es: menos humano), religioso (esto es: irracionalmente autoritario) y estúpido, que tolerar la supervivencia en este mundo de mierda. Los guetos no hacen frente al aislamiento, lo dulcifican. El pánico persiste, la Bestia se hace fuerte, y entonces, hacemos nuestra la consigna del enemigo: "las cosas nunca van a cambiar".

Pero hay otros. Este hecho obtiene su validez tras constatar que estamos aquí. En que al menos entre nosotros nos hemos encontrado. Nosotros también salimos de algún lugar en algún momento. Quizás no hayamos sabido dar con ellos, quizás tengamos la tarea pendiente de salir a buscarlos. Los veo sin que sea necesario mirarlos. Para ello la estética debe desaparecer, las etiquetas diluirse. La rabia suele ser un síntoma de empatía fiable. ¿Rechazas este mundo en cada gramo de tus huesos? Entonces, sentémonos a hablar.

XI. En la lucha, la clave nos la da la manera que tienen de levantarse todos aquellos que caen una y otra vez.

XII. Uno de los problemas centrales del estancamiento del movimiento libertario hoy, es la manera en la que se ha digerido la informalidad y la crítica a la organización. Esta ha dado paso a un sin dios en el que no se crean estructuras de trabajo mínimas para sacar adelante los proyectos, de forma que estos naufragan una y otra vez. En medio de la confusión creada se han simplificado hasta el absurdo los conceptos, y se ha llegado a un páramo teórico en el que ya no tenemos a mano las herramientas con las que construir alternativas sólidas a la organización formal de siempre. En otras palabras: nos hemos regodeado en el rechazo de esta y hemos abrazado el colapso. La informalidad no es la ausencia de organización, sino una estrategia organizativa que exige una madurez mínima que no teníamos cuando la asumimos como propuesta. Esa madurez se alcanza mediante procesos y relaciones cualitativas que permiten el paso a otra cosa diferente de la que había antes. En vez de profundizar en los significados de la afinidad, lo que hemos hecho ha sido coger un puñado de palabras y hacer un mal refrito con el que negar lo que había antes. El resultado es una parálisis en la que todo lo bueno que podíamos haber heredado ha sido denostado, y las nuevas propuestas se han reducido a frases hechas totalmente inoperantes para enfrentarnos a nuestros enemigos. De esta forma, el rechazo al trabajo asalariado ha dado paso al rechazo al esfuerzo, ya que este se ha identificado gratuitamente con el sacrificio. A su vez, el rechazo a las organizaciones rígidas y sus siglas ha dado paso al rechazo de la asamblea como medio organizativo básico de los antiautoritarios, los colectivos han sido sustituidos por los grupos de colegas, y la voluntad es vista como una enemiga del deseo. El resultado es que nuestras ideas no tienen estabilidad ni proyección en el tiempo, que no se toman decisiones ni acuerdos duraderos, que los grupos humanos se resquebrajan con el más nimio de los problemas porque no se fundamentan en principios y valores libremente aceptados por todos, que el curro y la perseverancia necesarios para sacar algo adelante en la más hostil de las condiciones (esta que nos ha tocado en suerte) se esfuman ante las apologías de la propia satisfacción y la inmediatez del deseo.

Frente a semejante desolación, lo que nos queda no puede ser otra cosa que parar, replantearnos todo y retomar el camino allí donde lo dejamos. Ver qué había antes que funcionara y profundizar en la crítica de la formalidad para superarla y no únicamente para negarla. Volver a formar bases sólidas, asambleas y proyectos para avanzar en nuestro camino, y sobre todo, tener claro de una puta vez por todas que sin decisión, trabajo y convicción, no vamos a ningún lado.

[Un ejemplo palpable de la incapacidad actual de la adolecemos lo podemos ver en las movilizaciones que tuvieron lugar con motivo de la guerra de Irak. Estas demostraron que la ausencia de referencias, espacios, trabajos y luchas previas, hicieron de una situación llena de potencialidad una explosión de rabia popular (tenemos en mente los disturbios de Madrid) sin contenido. No hubo una aportación rotunda desde el anticapitalismo, sólo bocanadas de aire fresco en unas algaradas bien saludables, pero que no supusieron ningún punto de inflexión. Los mismos sucesos en caso de haber acontecido algo más de una década antes habrían supuesto posiblemente un desarrollo y propagación de las posturas subversivas]

XIII. Con demasiada y enfermiza frecuencia, el movimiento (o en sentido estricto: la ausencia de él) es el principal motivo de abatimiento y sensación de derrota. Más allá del dolor y la impotencia producidos por la dominación y sus represiones, es nuestra propia práctica cotidiana la que nos aleja de la satisfacción y el feliz sentimiento de comunidad. Aislados, gimoteamos sin darnos cuenta que para luchar debemos primero forjar una identidad.

XIV. Decodificarse. Decodificarse significa ver las cosas bajo tu óptica, y no con la del mundo que habitas. Decodificarse significa pensar. Y actuar de acuerdo con ese pensamiento. Pensar la práctica. Articular un discurso. Construir un nosotros. Hacerlo visible, no como proselitismo sino como propaganda. Decir: "Estos somos, y es mejor el camino de la lucha que vuestro mundo de espantapájaros". Reconocerse en los otros, en los objetos inertes que fuimos, y permitir que los otros se reconozcan en nosotros.

XV. En el gueto político se asumen principios y conceptos sin ningún tipo de reflexión, lo que no es sino una forma de funcionar de acorde a los mismos parámetros de la democracia. Cuando una persona se acerca al gueto, lo normal es que se le presenten una serie de aserciones que quedan como puntales incuestionables del movimiento. De esta manera, dependiendo del lugar donde caiga y el periodo de tiempo en el que lo haga, se encontrará con una tendencia y una moda que hacen prevalecer sus consignas de turno. Hay multitud de ejemplos de esta manera de funcionar: "las clases sociales no existen", "Marx malo, Bonnano mola", "sobre la violencia no se habla, sólo se aplaude", "todo está perdido", "todos los que no somos nosotros son disminuidos psíquicos" etcétera. Queda fomentada la asunción de conclusiones sin deliberación. Esto en buena medida se debe a que no hay ni espacios de debate, ni una responsabilidad de la gente que está para con la gente que entra. Lo que así se crea es una cultura patética, una forma viciada de hacer las cosas. Te tratan a palos y tú aprendes a tratar a palos. No hay respeto ni educación (entendida en su mejor acepción), se cierran círculos y se tapian las ventanas. Se estimula la creación de poses y roles como norma de funcionamiento.

De todo esto se deduce una falta pura y dura de inteligencia: para alguien que se acerca, le tratas mal y autoritariamente. Somos producto de toda esta cultura política del caspeo y los machitos, los sobraos y la gente a vuelta de todo. No hay ni una puta pizca de humildad.

[volver al indice]

4. Aquí no hay término medio

"Estamos hart@s de ver manifestaciones hipócritas manejadas por los distintos partidos parlamentarios, que sólo buscan un interés de protagonismo, pero que no dan soluciones reales. Igual ha llegado la hora de combatir hasta sus últimas consecuencias a los asesinos fascistas y al estado que los ampara. No vamos a quedarnos quiet@s mientras compañer@s son asesinados impunemente. Si nuestro futuro tiene que ser de odio y violencia, lo será, pero lo que es seguro es que los muertos no los vamos a poner siempre los mismos".
Fragmento de un panfleto repartido en Madrid con motivo del asesinato en Valencia de Guillem Agulló, de 18 años, a manos de miembros pertenecientes al grupo nazi Acción Radical (año 1992).

De la muerte de Carlos Palomino el 11 de Noviembre del 2007 se ha escrito y hablado mucho. También se ha actuado, y sin duda eso es lo más importante.

El presente texto no busca abordar los problemas teóricos e históricos de antifascismo, ni realizar sesudos análisis de la evolución de los partidos y grupúsculos nazis en nuestras ciudades. El objetivo es otro. Los nazis (se utiliza este término para simplificar, y con él se alude a toda la escoria que va desde las momias franquistas y los fascistas populistas, hasta los nacional socialistas o nacional revolucionarios) son lo que son, se les ve venir... aunque algunos se vistan de chicos buenos y se erijan como abogados de la democracia (véase a Canduela, presidente de Democracia Nacional y antiguo skin perteneciente al mencionado grupo Acción Radical). Ellos están a un lado, y nosotros a otro. No hay diálogo posible. Así ha sido, así es y así será hasta que dejen de existir. El choque de ideas es tan brutal que no ofrece lugar a la tibieza, se trata sin lugar a dudas del conflicto político más simple al que nos podemos enfrentar, y también el más sencillo de comprender. Un tipo que defiende una esvástica y su significado (en lo cual no tiene sentido extenderse, ya que existe una vasta documentación histórica al respecto), se merece como poco un par de ostias, y llegado el caso y si las circunstancias así lo exigieran, un hoyo en la tierra y la compañía de los gusanos. Su crecimiento y desarrollo atenta directamente contra nuestras vidas. Su triunfo en el pasado ha significado de manera explícita nuestra destrucción. Recuérdense - por mencionar algunos episodios de la historia - los asesinatos de trabajadores revolucionarios a manos de derechistas armados por las patronales y los gobiernos europeos en los primeros compases del siglo XX, los planes eugenésicos de los años veinte en los estados del sur de Estados Unidos (felizmente importados poco después por los científicos alemanes), las primeras pruebas con cámaras de gas en Brademburgo (donde se asesinaron a decenas de miles de enfermos mentales y disminuidos psíquicos), o en un plano más reciente, la tortura y desaparición sistemática de cualquier sospechoso de ser "subversivo" en América latina durante las décadas finales del pasado siglo. Existe pues, un nosotros difuso, carente de una unidad identitaria, ya que es el resultado directo de la existencia de ellos. Cuando lo que se ha venido a denominar extrema derecha ha alcanzado cotas de poder (bien sea por poder actuar con pura impunidad, bien sea porque directamente han pasado a convertirse en gobernantes), hay todo sector social que sufre la represión. Ese sector no es homogéneo, y ni siquiera comparte un ideario político común; de hecho suele darse el caso de agrupar a facciones políticas antagonistas, como por ejemplo sucedió en la guerra civil española con los estalinistas del PCE por un lado, y la CNT y el POUM por otro. Pero el hecho, en definitiva, es que si los fascistas crecen, una amalgama de sujetos (formada por inmigrantes, enfermos, activistas de izquierda, homosexuales, mujeres insumisas, minorías étnicas, anarquistas etc.) recibe los palos. Por general, los más politizados y conscientes entre ellos pasan a organizar la repuesta. A eso es a lo que se ha venido a llamar antifascismo. En sí mismo no es una ideología en el sentido de ideario, doctrina o conjunto de ideas más o menos cerrado (aunque también ha llegado a ser un fenómeno ideológico en el sentido de Marx: es decir, en tanto que falsa conciencia, algo que ya se mencionará más adelante), se trata de una reacción, pura cuestión de supervivencia: o ellos, o nosotros. Este hecho tan sencillo (y que viene reflejado en la propia palabra que lo describe: antifascismo, lo que está en contra de los fascistas) es algo que las tristes cabezas de los periodistas y los políticos no alcanzan a comprender. Y esto es precisamente lo que se quiere analizar.

Por eso no vamos a hablar de los nazis en sí, si no de la ponzoña periodística que trató el asesinato de Carlos. Lo mismo se podría hacer con la clase política, pero eso daría para otro texto. A su vez, no vamos hurgar en la totalidad de los medios de comunicación, sino sólo en uno: el periódico El Mundo. ¿Por qué? Primero por centrarnos y poder elaborar un discurso a partir de elementos concretos; y segundo, porque El Mundo es uno de los voceros de la oposición, y frente a las medias tintas de los medios del entorno del Grupo Prisa (amiguetes incondicionales del Partido Socialista), no se suelen andar por las ramas... lo que hace más fácil comprender los mecanismos y razonamientos que utiliza el orden democrático para afianzarse y defender sus posiciones. No nos decantamos por El Mundo porque sean más malos que los ideólogos del El País, lo hacemos porque son más burdos y chabacanos, y porque dada su coyuntura (apoyan una opción parlamentaria perdedora), son los que actualmente más piedras arrojan. Dicho esto, también se quiere dejar claro que no vamos a repasar las manipulaciones de siempre, son tan repetitivas, cutres y cansinas, que no tiene mucho sentido desbrozarlas; para quien quiera consultarlas, sus dos máximos exponentes son el artículo publicado el lunes 12 por los "dos periodistas infiltrados" (dos plumillas tremendistas, bastante torpes y con aspiraciones a convertirse en reputados "periodistas de investigación", que responden a los nombres de Luigi Benedicto y Quico Alsedo) en la asamblea que se realizó en La Traba tras el asesinato, y la ya clásica conexión entre antifascistas (en el pasado más reciente fueron los okupas, y algo antes los miembros de Lucha Autónoma) y kale borrokistas publicada el día 14, a cargo de una tal Ana del Barrio. Las líneas que siguen van a hacer referencia a otro tipo de artículos que no fueron mencionados en las páginas de contrainformación habituales: las columnas de opinión que se publicaron los días siguientes al suceso. Una lectura pausada de las mismas nos demostrará que son mucho más hirientes y dañinas que las clásicas noticias de infiltrados y espectros terroristas.

El lunes 12 de noviembre, cuando Carlos llevaba apenas unas horas muerto, una mujer llamada Eugenia Rico (novelista de baja estofa y nulo éxito, que gasta una prosa pobre camuflada entre vanidades y unas aspiraciones literarias que - dado su escaso talento - jamás verá cumplidas) escribe una columna titulada: Ángeles del abismo. En ella se explota un dato personal de Carlos que fue difundido por los diferentes medios de comunicación: que su padre no vivía con él y su madre. "Jóvenes sin padre buscan un sustituto a la figura del macho tradicional [...] No es tiempo de héroes. No hay grandes líderes políticos y en muchas familias la figura del padre es la gran ausente". Así, gratuitamente, Eugenia nos diagnostica los males de la desestructurada sociedad actual a partir del asesinato de un chaval de 16 años. La conexión es a todas luces evidente: ¿no la veis? Seguid leyendo entonces: "Los jóvenes buscan los valores básicos masculinos en las bandas que les ofrecen un espejismo de autoridad y un falso modelo de masculinidad. Esto podría explicar tanto los suicidas islámicos nacidos en Occidente, en familias donde el padre no era capaz de encarnar los valores masculinos, como los latin kings y los skins heads de Vallecas". Carlos era skin antirracista y era de Vallecas, y la falta de la pertinente autoridad, de líderes políticos y de un padre, le llevó formar parte de ese selecto club que forman pandilleros latinos y suicidas islamistas. Y la tiparraca seguro que fue capaz de dormir esa noche a pierna suelta, para tan audaz intelecto la realidad es tan fácil de interpretar como de leer un libro abierto delante de sus narices. De paso ella y los que la pagan sacan tajada a la historia, asustando un poquito sobre los derroteros que pueden seguir nuestros chavales frente a la actual descomposición del orden familiar.

Lo que se intenta demostrar es que en esta democracia, pese a los gestos teatrales de la clase política y su verborrea de condolencia, los muertos que no pueden ser recuperados para su causa no tienen valor. No hay respeto: ni al fallecido, ni a su familia, ni a su gente. Si pueden servir como arma arrojadiza en una contienda política, se utilizarán (los siguientes textos a los que haremos alusión lo hacen todavía más evidente), sin reparos morales, sin escrúpulo alguno. Esta es la ética de los moderados, de los demócratas de bien que nos defienden de la barbarie irracional de toda suerte de violentos. Este es el buen hacer de quienes dicen situarse en mitad de toda partes, porque ya se sabe - como se encarga de volver a recordarnos Eugenia - que "los extremos se tocan".

Siguiendo esta lógica de que los unos son tan malos como los otros, David Torres escribe el martes 13 de noviembre una columna que lleva por título: La Guerra Civil está servida. Aquí se nos ofrece otra explicación plausible para la muerte de Carlos (aunque no se la mencione de manera explícita): la llamada ley de memoria histórica. Y es que "Tanto llamar a los fantasmas de la Guerra Civil no podía traer nada bueno. Tanto husmear entre las tumbas y zarandear huesos enterrados sólo podía servir para esto". De verdad: ¿se puede ser a la vez más mezquino y perverso? Vaya oficio de mierda tiene que ser el que te encarguen exhibir atrocidades para ganar puntos en una cruzada política. Vaya hatajo de carroñeros, que por dinero, poder y estabilidad escenifican un espectáculo nauseabundo para sacar rédito a una puñalada en el corazón de un crío. Y no se cansan, y como en el artículo adyacente a su texto se menciona que el chaval había dejado los estudios y le gustaba el fútbol, David Torres no tiene problema en afirmar: "La cruz gamada, la hoz y el martillo, hace tiempo que no son más que chatarra pero qué sabrán estos niñatos de la ESO que no han leído un libro en su vida, qué sabrán estos pobres a los que no hemos dado más educación que Crónicas Marcianas, Operación Triunfo y fútbol". Ya os habéis dado cuenta, ¿no? Los nazis y los antifascistas son las dos caras de la misma moneda, y por supuesto la ESO tiene parte de responsabilidad en el desaguisado. El autor pone el siguiente colofón a su obra: "La Reconquista, la lucha de clases, la Guerra Civil están servidas". Porque la Reconquista, como todo hijo de vecino sabe, es lo mismo que la Lucha de Clases. ¿Qué tienen que ver las clases sociales en todo esto? Pues eso, que es algo del pasado, propio de totalitarios y genocidas... porque en democracia ya no hay clases sociales, por lo tanto no hay conflictos entre quienes tienen privilegios y los que no, y la posibilidad de que estos se choquen de manera frontal (es decir, que se produzca una lucha entre la clases o distintos segmentos de la población con intereses enfrentados) ya no existe. Este es el mejor de los mundos posibles, ya no tenemos que pelear por nuestra libertad, eso es cosa de nostálgicos y analfabetos, lo que esta sociedad nos ofrece no tiene parangón en la historia. ¿Y qué nos ofrece señor Torres? ¿televisión, espectáculos deportivos, drogas, centros comerciales, antidepresivos...? El pez se muerde la cola de manera inevitable.

La puntilla la pone Antonio Lucas el 14 de noviembre, el ingenioso nombre de su texto es: La ignorancia armada. Y es que de todos es sabido que quien ejerce la violencia es un jodido ignorante... salvo en un caso claro está: cuando la violencia es ejercida por trabajadores a sueldo del propio estado. Entonces es santa y legítima. Por eso los maderos que torturan en comisaría y los antidisturbios ciegos de coca que arramplan con todo son excelentes profesionales, aguerridos y sacrificados ciudadanos que dan sus vidas por el bienestar social. ¿Y qué le puede llevar a una persona corriente y moliente de a pie a convertirse en un "violento"? ¿Acaso la legítima defensa? ¿La reacción contra una agresión? ¿La defensa de sus ideas y libertades? ¿La lucha por su maldita dignidad? No, el no haber leído una correcta versión de los hechos históricos del pasado: "Lo que ahora regresa es la vieja colza anímica de los pueblos partidos en dos. La muchachada minoritaria se ocupa de encarnar la revancha puntual de la Historia mal contada y así resulta este 'tiroriro' de navajas en hora punta". ¿Y quién cuenta esa iluminadora exégesis de nuestra historia patria (lo que viene a ser sinónimo: de la guerra civil española)?, ¿quién nos puede rescatar el "analfabetismo histórico" descrito por Antonio Lucas? Pues el sentido común dice que habrá que recurrir a las obras que edita La Esfera de los Libros, la editorial perteneciente al grupo empresarial que publica El Mundo. Allí encontraremos las obras del insigne Pío Moa, un antiguo dirigente del Grapo reconvertido en historiador parafranquista. Tiene un buen puñado de libros que comparten la misma perorata (básicamente que el levantamiento de Franco estaba legitimado por el hecho de que el PSOE promoviera en octubre del 34 una insurrección obrera, lo cual convierte al caudillo en salvador de la patria y legítimo defensor del orden social) y una ausencia más que significativa de documentación historiográfica. Si alguien tiene la oportunidad (aunque hace tiempo que con motivo de sus charlas, algunas algaradas en universidades cortaron su afán de protagonismo público) de oírle hablar, que no se lo pierda: que semejante individuo, de tan escasos recursos intelectuales, venda miles de libros con su veneno revisionista es más que preocupante. Por otra parte, la editorial de El Mundo también nos puede ayudar a despojarnos de nuestra mísera tendencia a la violencia con uno de sus títulos estrella: Cetme. 50 años del fusil de asalto español. Tiene cojones la cosa.

¿Con qué derecho habla esta gente de nuestros muertos? ¿Con el que otorga la cacareada "libertad de expresión"? Pues maldita sea entonces... Juguetear con los cadáveres es un ejercicio de poder, si lo hacen es porque disponen del poder que les permite hacerlo. Un parte de ese poder se lo concede su propia función en el entramado social, otra se lo hemos cedido nosotros. La tolerancia es uno de los últimos grandes engaños de los demócratas, aquí todo el mundo puede decir lo que quiera... menos en el caso de que lo que se diga no le guste a ellos. En este sistema ruin todo tiene su truco, lo que pasa es que a veces los trileros son menos habilidosos de lo normal y la ilusión se desvanece. Y entonces te das cuenta de que hay cosas en las que no hay término medio, momentos en los que la realidad se escinde en dos bandos claramente delimitados. En democracia no todos somos iguales, en democracia no son iguales ni los muertos.

Los periodistas tampoco se salen de esta lógica, no se encuentran en tierra nadie, sencillamente porque ese lugar hace tiempo que ya no existe. Creen que pueden juzgar una realidad que les es totalmente ajena, y encima no equivocarse jamás. Son mucho más listos que nosotros, porque ya lo han dicho, somos niñatos que nunca leímos un libro. En el fondo, junto al asco también dan una profunda pena. Esos pequeños hombrecitos, tan seguros de sí mismos, tan arrogantes, creyéndose con tanta razón que ya nunca dudan. Ellos son los peores, los cómplices y colaboracionistas, los que son capaces de buscar una explicación rentable a lo inexplicable. Los otros llegan de frente, estos justifican asesinatos con palabras veladas y fuegos de artificio. Trabajan para el que pague y siempre abrazan la causa vencedora. Son cobardes y siempre lo fueron. En la Alemania de los años treinta alguien les dijo: "Puede que sea culpa nuestra", y ellos se limitaron a responder: "No pienses más en eso. No hay que tener remordimientos. El sentimiento de culpabilidad es peligroso. Vivamos nuestra vida, seamos felices. Tenemos el deber de ser dichosos. No son malos, nosotros no les hacemos nada. Nos dejarán en paz" (Rinoceronte, Eugène Ionesco).

El problema está en las calles y en las calles debe resolverse. No hay instancias a las que recurrir. Las fuerzas de orden público han simpatizado siempre con los racistas (recordemos al guardia civil implicado en el asesinato de Lucrecia en Aravaca - Madrid -, o simplemente traigamos a la memoria los gestos de complicidad que se pudieron ver en entre los antidisturbios y el servicio de orden de la manifestación contra la inmigración que convocó Democracia Nacional poco después del asesinato de Carlos). Por mucho que se lamenten los Antonio Lucas de la profesión del subhumano que apuñaló a Carlos (al que considera una anomalía puntual, un "esqueje del ejército"), la verdad objetiva es que el ejército es un auténtico caldo de cultivo para los nazis; quien haya vivido, por poner un ejemplo paradigmático, en una población con fuerte presencia de militares como Alcalá de Henares, lo ha podido comprobar día a día. El antifascismo es una legítima defensa al agravio que supone la misma existencia de sujetos que defienden superioridades raciales y genocidios. No hace falta estudiar dialéctica hegeliana para entender que la negación de un fenómeno no es en sí ese mismo fenómeno (basta simplemente con atender a otros usos mediáticos del prefijo anti, cuando los medios hablan de elementos o manifestantes "antisistema", no se les ocurre decir que en esencia son lo mismo que el propio sistema), por mucho que les joda los esquemas a la clase política y sus voceros periodísticos. Como se apuntó al principio, el hecho es simple, no se necesitan grandes teorías ni nada semejante. Es un problema de fuerza y estrategia. De golpear más duro y en el más oportuno de los momentos, de intentar hacer comprender a la gente que nos rodea que aquí no vale la tibieza. Que cualquier día pueden ir a por ellos y la policía no les va a defender, que serán esos muchachos extremistas y violentos los que les paren, que de hecho, ya son los que les vienen parando desde hace décadas.

El antifascismo no puede devenir falsa conciencia de la realidad, como lo ha venido siendo durante años, no puede ser un discurso autosuficiente y una moda. Tampoco un fenómeno estético. Tiene que ser una patada rotunda en la boca del enemigo. Una lucha entre las otras muchas en las que nos sumergimos para tratar de combatir nuestras actuales condiciones de existencia. El antifascismo siempre ha corrido el peligro de agotarse en sí mismo y ahogarse en la pura autorreferencialidad, pero también ofrece la posibilidad de que distintos colectivos e individualidades se encuentren peleando codo con codo en una barricada, ofreciendo un lugar de encuentro de auténtica potencialidad: la autoorganización y la acción directa. Una vez se experimenta la propia fuerza desplegada, la pregunta que surge inevitable es: ¿podríamos utilizarla en otros conflictos y contextos?

Post Scriptum:
"También fuerzas especiales patrullan las calles. Pero los ‘guerrilleros' de paisano parecen tener carta blanca para hacer de San Sebastián, durante casi una semana, zona sometida al imperio de la violencia ciega. Sólo cuando los vecinos de los barrios más castigados comienzan a organizar sus propios grupos de defensa, cesan los ataques. En alguna ocasión, los comandos, sorprendidos por una reacción que no esperaban, emprenden la huída perseguidos por jóvenes vascos, y las fuerzas del orden han de protegerlos, disparando con balas de plomo".
Referencia a los sucesos acontecidos en octubre de 1976, encontrada en el libro Las víctimas del Post-Franquismo, redactado por Equipo Cinco.

[volver al indice]

5. Somos los que esconden los secretos que os hacen temblarBuenos días, buenas tardes, buenas noches. Queremos hablaros de la locura. Queremos hablaros de la enfermedad mental. Os vamos a escribir desde ella, y sabemos que posiblemente nadie lo haya intentado con vosotros hasta ahora. O quizás sí, y lo más probable es que no os hayáis dado ni cuenta. Ahora no tenéis escapatoria, habéis empezado a leer este texto y aunque sólo sea por curiosidad no vais a dar marcha atrás.

La enfermedad mental está entre nosotros, es fácil darse de bruces con ella en nuestro día a día: en el trabajo, en la familia, en la calle, en casi cualquier lugar donde pueda detenerse nuestra mirada. El campo de visión está salpicado por la locura. Bajo diferentes formas y grados, a veces de manera más rotunda y a veces más sutil. Sin embargo, nadie quiere hablar de ella. Es uno de los mayores tabúes de las sociedades industrializadas occidentales (en las que vivimos, de las que podemos hablar). Está ahí, bajo el dolor de millones de personas, detrás del motor económico que es la industria farmacéutica, en cada individuo encerrado en una institución sanitaria. Está también en las relaciones interpersonales o en la ausencia de ellas, en el consumo de drogas y en los efectos de dicho consumo, en la tristeza, en la pena, en el gris que domina y se engulle la ciudad.

Ciudad que se va convirtiendo poco a poco en un psiquiátrico sin fin, donde damos vueltas y vueltas, currando y consumiendo, y donde es normal que algunos acaben por caer al suelo. Caer significa la mayor de las veces volverse invisible, dejar de existir en la misma realidad que los demás. Pueden pasar a tu lado sin verte, y también pueden pasar por encima de ti sin que nadie se percate del crujir de los huesos. Pero que no te vean no quiere decir que no existas. Las decenas de miles de personas que están en tratamiento psiquiátrico, las que están encerradas o las que se suicidan todos los días dentro del territorio que habitamos, existen. Y tenemos la clara intención de que todo dios sea consciente de su realidad. Aunque duela, aunque perturbe el aséptico paisaje donde transcurren las jornadas que no saben a nada. Bajo las inmaculadas cristaleras del centro comercial siempre hay alguien hablando solo, rascándose la cabeza frenéticamente, llorando una sola lágrima donde se concentra toda la verdad del mundo. Vamos a hacer que lo veáis, aunque os jodamos el paseo del fin de semana. Crack. Vuestra vida va a hacer crack. Y nosotros somos los que golpeamos. Estaréis pensando que menudos hijos de puta estamos hechos, que nos creemos con la autoridad de intervenir en la vida de los demás y atacar sus decorados. Podéis llamarlo violencia, podéis llamarlo terror. Nosotros preferimos hablar en términos de poesía: somos poetas que hacen que vuestros ojos apunten al lugar preciso al que nunca quisieron apuntar. ¿Nuestra legitimación? Es ética, y se remite al dolor que la sociedad nos ha causado y nos causa. Hacemos visible el dolor por dos razones: primero porque es nuestro, es el único legado que este mundo de mierda nos deja, y segundo, porque anhelamos una sociedad en la que sea posible vivir sin él, porque queremos erradicarlo.

La enfermedad mental es un problema de masas, afecta a amplias secciones de la sociedad, desde el yonki de barrio marginal hasta el ama de casa de chalet adosado. La enfermedad mental es el daño colateral de una sociedad diseñada para el desencanto, erigida sobre la plusvalía. Buscamos enemigos, los encontramos y los atacamos. Es tan simple que posiblemente no lo entendáis. No vemos diferencias entre el camello que vende polvos y cristales que desatan sonrisas, y el psiquiatra que administra medicación masiva a sus pacientes. El dolor está tan deslocalizado como los capitales internacionales, el dolor está en todas partes. El dolor es la gasolina que mueve al mundo. ¿No te duele el mundo?, ¿no juegan pequeños dioses con tu sufrimiento? Eres un privilegiado, pero no te quejes cuando te enseñemos lo sucio que está ese mundo y las arcadas suban por tu garganta. Tu mundo me duele, golpeo tu mundo. Puedes llamar a la policía para que nos aparten de ti, pero nuestro trabajo estará ya hecho, habrás visto, y el que ve el asco que funda la vida bajo la dominación capitalista no puede volver a ser el mismo. Vamos a atacar la raíz que funda la realidad, nuestras palabras y nuestros incendios se dirigen a la sombra que hay detrás de las cosas, lo que las hace ser. Empecemos...

¿Sabes por qué no quieres saber nada de la locura? La respuesta es tan simple que nos costó dar con ella. Pensamos en un repudio estético, también en un problema de lenguaje, pero es más sencillo. Huyes de la locura porque la ves demasiado cerca. Porque forma parte de los futuros posibles de tu vida. Porque es una potencia viva que late con fuerza en la oscuridad de tu jodida habitación. La has sentido, no se lo has dicho a nadie pero la has sentido. Alguna vez, en algún momento. Sabes que te puede tocar, aunque te engañes a ti mismo y le sonrías a la vida. Sabes que puedes caer. Demasiadas veces te has sentido cansado, demasiadas veces. No podías más. También pensaste en quitarte de en medio, en acabar con tu vida. ¿Recuerdas? En aquella comida familiar, en ese día de compras, tras aquel polvo en el que estabas todo colocado... ese olor a mierda que llenó tus pulmones, apareciendo de la nada, mareándote, haciendo que lloraras por dentro sin saber por qué. Has intuido lo que otros viven día a día. Pero eres tan cobarde o tan necio que no te has parado a pensar en ellos, ya no hablamos ni siquiera de echar un cable, has renunciado a la conciencia y despachado el asunto en un ti-tá. Y renunciar a la conciencia es algo grave. Es mutilarse, aceptar el chantaje social y ceder parte de tu propia persona. No estás loco, pero tienes mucho de zombi. Párate a pensarlo. ¿Quieres hablar? Nosotros te escuchamos. Somos de los pocos que lo hacemos en la ciudad, y casi los únicos que lo hacemos sin cobrar ni esperar nada a cambio. Somos así de bonitos. Es más, si caes, puedes venir a nuestro encuentro. No te juzgaremos ni miraremos hacia tu pasado. Nos ayudamos, así sobrevivimos. Es simple. Estamos locos pero intentamos vivir la vida. Exprimirla, ser los protagonistas de nuestros días. Preferimos eso a asumir la condición de espectadores pasivos que asisten sentados al tránsito incesante de imágenes a toda velocidad que llaman vida. Dos conceptos de vida, dos mundos. El nuestro te abre heridas, pero sabe a algo. ¿Te sabe a algo la vida? El sufrimiento que acarrea nuestra enfermedad es nuestra condición de verdad, es la razón con la que asaltamos la realidad. Queremos dejar de estar enfermos a la vez que nos enorgullecemos de nuestra diferencia. Dulce contradicción. No queremos adaptarnos ni normalizarnos. La norma nos apesta. No queremos ser como los demás ni que los demás sean como nosotros. Somos Únicos. Y queremos una existencia donde desarrollar la totalidad de nuestras potencias y nuestra unicidad. Por eso nos declaramos anticapitalistas. Por eso os avisamos de la que puede caer.

[volver al indice]